IDEAS SOBRE LA DIVISIÓN 6: LAS CUENTAS CON CUENTOS ENTRAN


Esta semana le damos otro aire a nuestras reflexiones sobre la división.

La semana que viene os mostraremos un procedimiento para dividir que todos podemos entender. Este procedimiento, además, nos dará muchas claves para la comprensión del sofisticado algoritmo que nos enseñaron en la escuela y que está lleno de secretos.

Pero lo que os traemos esta semana es muy diferente, aunque también tiene que ver con el tema que nos ocupa.

Se trata de un cuento.

Esta es una historia que utilicé en mis prácticas de magisterio para introducir la enseñanza del algoritmo de la división en un aula de 3º de educación primaria.

La narración es una herramienta muy atractiva y eficaz para captar la atención de los alumnos, sobre todo en la etapa de primaria.

Esta herramienta la hemos usado también en nuestro cuaderno ¿Qué es multiplicar?, en el que muchas imágenes, rimas y cuentos acompañan el aprendizaje de las tablas de multiplicar y la comprensión del concepto de multiplicación.

El cuento que os dejamos hoy ofrece un escenario y un contexto en el que desplegar, después, la práctica necesaria para llegar a dominar el algoritmo.

La narración sirve, por lo tanto, para captar la atención de los alumnos y para crear un contexto y una justificación para este aprendizaje.

Los alumnos disfrutaron mucho de ella, la escucharon con gran atención y se sintieron inclinados a comprender y a realizar ellos mismos la operación que se presenta en la historia.

Aquí os dejamos:

 

El cuento del rey y el sastre.

         Hace mucho, mucho tiempo vivió en un lejano país un rey que era inmensamente rico. Tenía los sótanos de su palacio totalmente llenos de piedras preciosas, vivía en la más regalada opulencia y nunca le faltó nada que pudiera desear.
 
         Este rey estaba rodeado de cortesanos que se apresuraban a complacer sus más insignificantes deseos. Todos vivían en la fortaleza real, un enorme castillo rodeado de murallas. Desde que naciera, el rey pasaba sus días sin preocupaciones y sin saber nada de lo que ocurría más allá de las murallas de su fortaleza, pues nunca se había aventurado fuera de sus confines.
 
         Un día, sin embargo, ocurrió que este rey, mientras paseaba por los jardines del palacio, se fijó en una de las puertas que, atravesando la muralla, daba paso a las tierras que se extendían más allá. Y, quién sabe porqué, en ese momento el rey sintió deseos de atravesar la puerta y ver qué había al otro lado. Inmediatamente hizo llamar a su cochero para que preparase una carroza y se dispuso a salir de los límites de su castillo.
 
         Al atravesar la puerta de la muralla, apareció ante sus ojos un panorama del todo inesperado: un mundo de pobreza, miseria, vejez y enfermedad se mostraba ante él. El rey, en su ignorancia, había pensado siempre que la vida era, para todos los habitantes de su reino, semejante a la que él disfrutaba en su palacio. Pero ¡cuán diferente era de aquello todo lo que ahora veía! El rey pasó todo el día recorriendo en su carroza las tierras de las que era soberano y observando el triste y penoso mundo del que era dueño.
 
         Al anochecer regresó a su castillo. Bajó de la carroza y, sin decir palabra, se retiró a sus aposentos. Pasó toda la noche en vela, reflexionando sobre lo que había descubierto. Las imágenes se amontonaban en su cabeza y, durante toda la noche, vio desfilar ante sus ojos las escenas de miseria y enfermedad que había presenciado.
 
         A la mañana siguiente se levantó habiendo tomado una firme decisión: compartiría todas sus riquezas con sus súbditos, pues no quería reinar sobre un país en el que las personas eran desgraciadas y vivían miserablemente mientras él disfrutaba de toda clase de lujos y placeres.
 
         Así pues, a primera hora de la mañana comunicó su decisión a sus ministros e hizo llamar a un sastre muy listo que tenía y que ya le había ayudado, en otra ocasión, a organizar sus riquezas. Tenía este sastre una cabeza prodigiosa y había ideado un sistema extraordinario para contar que él llamaba multiplicación. Pero esta es otra historia que ya os contaré en otro momento si tengo ocasión.
 
         En cuanto el rey explicó su plan al sastre, éste sonrió y le dijo que, para que sus riquezas se repartieran equitativamente entre sus súbditos, tendría que enseñarle otro extraordinario sistema ideado por él al que había puesto el nombre de división.
 
         El sastre hizo saber al rey que para que poder explicarle su sistema sin demasiada complicación, debía hacer entrar a los súbditos en grupos de menos de diez personas. El rey aceptó la condición y, sin más tardar, hicieron pasar al primer grupo, formado por cinco personas. El sastre mandó traer un buen puñado de piedras preciosas. Con sólo una ojeada, supo que el número de piedras preciosas era 2287 (esto lo supo gracias a su prodigioso y eficaz método de cuenta y almacenamiento, basado en la multiplicación, que ya os explicaré otro día). Pues bien, tomó las piedras y comenzó su operación.
* * * * *
Hasta aquí el cuento que nos sirve de presentación para introducir el algoritmo de la división.
La semana que viene os mostraremos cómo enseñó el sastre a dividir al rey.
Por cierto, si queréis saber cuál era el sistema del sastre para contar las piedras de un solo vistazo, solo tenéis que leer esta entrada de blog en la que os mostrábamos un método didáctico para explicar a los niños el sistema de numeración decimal y sus implicaciones en los algoritmos de la suma y de la resta.
¡Hasta la semana que viene!

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