Literatura infantil y estereotipos nacionales


Os invitamos a leer este interesante extracto de un artículo publicado en el blog de Luis Daniel González. Más abajo tenéis el enlace al artículo completo.

(…) nos podemos fijar en cómo el carácter rompedor de muchos libros o cómic «infantiles» de los que han durado en el tiempo se puede comprobar en su oposición frontal a estereotipos que tantas veces se dan por supuestos.

Así, en Alemania, el teórico país del orden y la disciplina, nacen los primeros niños rebeldes y maleducados, unos verdaderos revolucionarios en la literatura infantil: Wilhelm Busch publica Max y Moritz (1865), sobre dos chicos díscolos y traviesos sin deseo de enmienda, que están en el origen de los primeros personajes de cómic y de todos los Zipi y Zape del mundo.

Alicia (Carroll, 1865) y sus amigos, los personajes más libres y los ambientes más caóticos de la literatura, nacen en la rígida Inglaterra victoriana.

Heidi (Spyri, 1880), la campeona de los sentimentales, es la más conocida representante de Suiza, el país de la contención y la exactitud, en el que también nace, por cierto, el pequeño y tierno sioux Yakari (1969), quizá los mejores cómic para niños-niños, redactados y dibujados por Job y Derib.

Bélgica, un país con fama de anodino, es la patria de Tintín (Hergé, 1929), el aventurero por excelencia.

Los «Peanuts» o Charlie Brown (1950), del norteamericano Charles Schulz, son todo un elogio del perdedor en el país que ha hecho de la competividad una religión.

Italia no sólo produce a un muñeco inconstante y mentiroso como Pinocho (Collodi, 1883), sino a los chicos heroicos y rectos de Corazón (Amicis, 1886).

Los personajes infantiles más conocidos del país de Descartes y del amor por la razón, (y también de Pascal, es cierto), son Babar (Brunhoff, 1931) y El Principito (Saint-Exupery, 1943), dos obras que van directas al corazón. Y si Francia es la patria del chovinismo, lo es también de su mayor sátira: Astérix (Goscinny-Uderzo, 1959).

La heroína infantil, que no héroe, más intelectual no es europea sino argentina: Mafalda (Quino, 1964).

La chica más traviesa y activa no es latina, sino nórdica: Pippi Calzaslargas (Lindgren, 1945).

Y un país que se supone vitalista, como España, aporta uno de los escasísimos grandes relatos infantiles que terminan con la muerte del protagonista... y el que mejor consigue, a pesar de ser triste, mostrar la muerte no como una puerta que se cierra sino como una puerta que se abre: Marcelino, pan y vino (Sánchez Silva, 1952).

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