¿Por qué hacemos un libro de matemáticas?


Hace ya unos cuantos años que nos ronda una pregunta: ¿por qué hay tantos niños a los que no les gustan las matemáticas? Y, sobre todo ¿por qué hay tantos adultos a los que no les gustan las matemáticas? Supongo que los adultos a los que no les gustan las matemáticas han sido niños a los que no les gustaban las matemáticas.

Pero, un momento, no era esta pregunta la que queríamos plantear, sino la del título:

¿Por qué hacemos un libro de matemáticas?

Pues bien, la respuesta es: porque nos gustan las matemáticas. O, mejor dicho: porque nos encantan las matemáticas. Nos gustan tanto que no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo es posible que haya alguien a quien no le gusten? Está claro que en algún momento, en alguna parte, se ha cometido un error que debe ser reparado.

No es tan extraño lo que decimos. Afortunadamente, para apoyarnos, contamos con los argumentos de muchos personajes ilustres.

El matemático británico J. J. Sylvester, por ejemplo, dijo de su disciplina: “Las matemáticas son la música de la razón.” ¿No os parece una definición atractiva y sugerente? Claro que podríais pensar que eso lo dice porque es matemático.

De acuerdo, os demostraré que no solo los matemáticos aman las matemáticas.

Fijaos en lo que dijo de ellas el genial escritor Oscar Wilde: “El arte es la ciencia de la belleza, las matemáticas son la ciencia de la verdad”.

Y el no menos genial G. K. Chesterton, también expresó su admiración por esta ciencia: “La diferencia entre el poeta y el matemático es que el poeta intenta meter su cabeza en los cielos, mientras que el matemático intenta meter los cielos en su cabeza.”

Así que la actividad matemática consiste, según Chesterton, en meterse el cielo en la cabeza. Para encontrar la verdad, añadiría Wilde. Es decir, las matemáticas pueden ser una puerta de acceso al conocimiento más puro y esencial.

En efecto, desde muy antiguo se ha identificado el quehacer matemático con los aspectos más esenciales del conocimiento. Platón consideraba que el supremo creador era un matemático y Galileo afirmó que el universo estaba escrito en el lenguaje de la geometría.

Pero al mismo tiempo, la matemática tiene un fuerte vínculo con la realidad más práctica, pues, como dijo el matemático ruso  Nikolai Lobachevski: “No hay rama de la matemática, por abstracta que sea, que no pueda aplicarse algún día a los fenómenos del mundo real.”

El mismo Einstein manifestaba su asombro ante esto: “¿Cómo puede ser que la matemática, siendo al fin y al cabo un producto del pensamiento humano independiente de la experiencia, esté tan admirablemente adaptada a los objetos de la realidad?”

Este matrimonio, esta interacción armoniosa entre lo puramente teórico y lo práctico, entre lo ideal y lo material, entre lo intangible y lo utilitario es, o debería ser, una aspiración para cualquiera de nosotros.

Seguramente no sería necesario añadir nada más, pero por si acaso todavía no se ha encendido en vosotros la llamita de la curiosidad por esos aspectos de las matemáticas que quizás no os habíais planteado nunca, vamos a dejaros, como guinda, la aportación de Bertrand Russell: “Las matemáticas no solamente poseen la verdad, sino la suprema belleza, una belleza fría y austera, como la de la escultura, sin atractivo para la parte más débil de nuestra naturaleza.”


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